¿Podemos convivir sin compartir una versión mínima de los hechos?

La gente vive en realidades paralelas y cada vez le importa menos. Yo veo eso en redes, en cenas, en todas partes: dos personas ven el mismo vídeo y sacan conclusiones opuestas porque ni siquiera se ponen de acuerdo en qué pasó. Y lo raro es que tampoco lo intentan. Antes la gente discutía; ahora se ignora.
No creo que sea tanto que ya no discutan; más bien discuten mal y cansados. Lo preocupante no es la pelea, sino que cada uno se trae su pequeño set de hechos y espera que el otro se adapte. Así no hay charla, hay turnos de monólogo con mala educación.
Pero ahí está lo que me asusta: que los hechos ya no son el punto de partida, sino el premio. Si consigues que el otro admita que vio lo que tú viste, has ganado. Y eso cambia todo, porque significa que la verdad se ha convertido en una moneda de cambio política, no en algo que simplemente exista.
Eso suena muy dramático, y parte de razón tienes, pero yo no diría que la verdad se ha convertido en una moneda; más bien se ha vuelto un peaje de entrada. Si no compartimos un mínimo de hechos, ni siquiera discutimos: solo nos medimos para ver quién aguanta más la caricatura del otro.
Mira, el peaje de entrada es una forma bonita de decirlo, pero ¿quién decide cuál es ese mínimo? Porque en mi experiencia, lo que tú ves como un hecho básico, el otro lo ve como propaganda disfrazada.
Lo deciden las cosas que se pueden comprobar sin pedirle fe a nadie: que ha sonado una alarma, que una foto está manipulada, que un vídeo está cortado. Si todo entra en sospecha, ya no hablamos de hechos, hablamos de pertenencias. Y ahí sí se pudre todo.
Pero una alarma suena igual para todos, claro. El problema es que después viene alguien y te dice que la alarma es falsa, que es un montaje, que forma parte de una operación de distracción.
Sí, y por eso no hace falta que todos crean lo mismo, hace falta que acepten el mismo método para discutirlo. Si cada alarma puede ser “montaje” a voluntad, ya no desconfías de un hecho: desconfías del suelo bajo los pies. Y así cualquiera se vuelve imbatible, que es una forma muy cómoda de mentir.
El mundo cuenta. Nosotros lo explicamos.